11 de febrero de 2026 - El obsceno escándalo de la IA
Aprendimos junto a la comunicación verbal los pilares de la literatura. Abstracción de ideas, selección y profundización, explicación, el vasto océano de la imaginación. El arte de la palabra fue indudablemente el compañero de la evolución humana, el óvulo de las repúblicas y la moneda detrás de las grandes civilizaciones.
Es extrañísimo ver cómo la creatividad escritural es hoy robada por generadores de texto que muchos comenzamos a aceptar como “arte”. Por supuesto, no estoy pensando precisamente en el (estrafalario) trend de generar una imagen de mí en estilo Ghibli o como si fuera una caricatura o ilustrando todos mis sueños e inspiraciones porque quiero regalarte a ti, ChatGPT, las particularidades de mi identidad; tengo en mente el abandono del genuino lenguaje. Pienso en cómo normalizamos exponencial y rápidamente no hablar con nuestras propias palabras, sino sanitizarlas primero “para que suene más poético, más amable, más profesional”. El estilo y la particularidad son echadas a la trituradora digital.
Esta década de regurgitación de tiempos pasados (véase cómo estamos en un bucle de nostalgia del que parece que no podemos escapar, en moda, en música, en creencias, en mucho más) ha traído consigo la peor de las trampas: un generador de ideas repetidas al infinito, de miles de poemas donde no hay cosas nuevas sino sensibilidades nerudianas con palabras de Mistral y comparaciones de Keats; saludos de cumpleaños en el idioma de una notificación de Facebook; explicaciones de una enfermedad con la superficialidad de un comercial de Coca-Cola. ¿Dónde está la transmisión de la voz personal con sus ocurrencias al papel (o pantalla), dónde el anhelo de crear un glosario personal que abrace a nuestros escritos?
Y comienzo el día preguntándome por el panorama de un arte amenazado de tal manera. ¿Qué tomará para que apreciemos de nuevo el lenguaje y su arte como algo intrínsecamente humano otra vez? ¿Qué hará que la generación floreciente encuentre gozo en el estilo, la metáfora, la abstracción y la narración, en la genuina creación de la mente y no sólo la redacción de ideas genéricas? ¿Cuántos pseudo-poemas leeremos hasta que critiquemos abierta y unánimemente al robot de mil brazos que intenta llamarse escritor?
Escribir creativamente es un proceso que no planeo sacrificar a la inmediatez. Rechazo la idea de que un texto literario sea escrito lo más pronto o rápido posible. ¿Cuál es la prisa? Nada me ha convencido de que la fricción en el proceso de escritura no sea deliciosa, pues es en ella donde maquinamos nuestras inspiraciones y aspiraciones, en donde desdoblamos lo que por dentro cargamos para externalizar. No vender nuestra literatura a un ritmo de productividad es hoy un acto de resistencia.